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Trinidad, Santa Bárbara.
24 de Enero del 2010.
Sr. Manuel Zelaya Rosales
Presidente Constitucional de la República de Honduras.
Embajada de Brasil.
Excelentísimo Señor Presidente:
No quiero obviar el protocolo, porque en los escritos debe quedar plenamente establecida, y reconocida, su investidura. No es un desalmado empresario de buses y su camarilla de apátridas quienes pueden, no pudieron, despojarle de ella. Sin embargo, para el afecto entrañable del pueblo hondureño, y su imperecedera gratitud por su solidaridad con los desposeídos, siempre será MEL, el que urge, el que acompaña, el que lucha, EL QUE NO FALLA.
Nos alegra su partida, hemos sentido en nuestra alma su dolorosa prisión, su día a día en ese lugar que lo acogió fraternalmente pero hasta donde llegó la crueldad y la inmoralidad de un régimen despiadado e inhumano, formado por voraces empresarios, políticos ambiciosos, periodistas vendidos y traidores, y bendecido por pastores que ofenden la fe y la doctrina cristiana. Ah, y por militares que sin alma ni conciencia, imitan a quienes Jacobo Cárcamo llamó “horda de hienas rubias”. Por eso, nos alegra su viaje a la República Dominicana. Pero nos deja un vacío profundo, un sordo dolor, una ausencia rayana en el desamparo. Tenerle y sentirle cerca ha sido un consuelo en el sufrimiento, en cada hora de lucha por la dignidad, esa lucha que ha costado sangre y lágrimas a la heróica y pacífica Resistencia Nacional.
El pueblo hondureño conoce sus delitos, Señor Presidente. Y no hay juez más imparcial ni soberano que la conciencia popular. La historia, y HONDURAS, le condenan a ser PRESIDENTE VITALICIO DE LA NACIÓN. No devengará un sueldo del estado por el título, pero tendrá millones de manos para recibirle a su regreso, abiertas, cálidas, fraternas. El estado no pagará gorilas para proteger su vida, porque su legado será resguardado en las entrañas mismas del pueblo. No asistirá a Eucaristías oficiadas por ministros falsos, pero compartirá con su pueblo la verdadera esencia de la Cena del Señor, el Pan y el Vino ofrecidos por la justicia y la libertad.
Desde esta pequeña población de Honduras, le prometemos y juramos no renunciar jamás al sueño de la sociedad igualitaria, luchar por que se respete nuestra dignidad y esperarle con el brazo en alto para que USTED ORDENE, COMANDANTE.
Que Dios le Bendiga, Mel. Por todo lo que hizo, y lo que quiso hacer por su pueblo. Que la humilde madre de Jesús, la campesina de Nazaret, no la capitana de las fuerzas armadas, le acompañe y le cuide en esta etapa de su vida. Y vele por Usted en su merecido y necesario regreso a la Patria Morazánica. NOS URGE, MEL.
Un abrazo, con la esperanza del reencuentro próximo. Con el legítimo orgullo por su auténtico liderazgo latinoamericano.
La tierra
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